Hay que rescatar a Súper Coco

Aquella tarde nuestro hijo Óliver, de siete años, decidió llevarse al cine a uno de sus peluches favoritos: “Súper Coco”. Un personaje entrañable de mi infancia y que él se trajo como recuerdo de nuestro veraneo en Port Aventura en el año 2019.


Siempre me ha llamado la atención esa costumbre de Óliver de llevarse personajes al cine, al parque o a la puerta del colegio.


Nunca he visto a otros niños que lo hicieran con esa frecuencia. Esto denota una imaginación y una parte infantil que se mantiene intacta a una edad en la que los niños comienzan a convertirse, en el peor de los sentidos, en más “sensatos”.


Al salir del cine estuvimos comentando la película mientras caminábamos hacia casa los cuatro. Hicimos una pequeña parada para comprar unos bocadillos de jamón que harían de cena de sábado noche.


Seguimos caminando hacia casa entre risas y anécdotas sobre la historia que habíamos disfrutado en familia.


Hubo un momento en el que yo caminaba un poco adelantado de la mano de nuestra hija Alma cuando, de pronto, Fátima me habla desde unos pasos atrás:


- Óliver ha perdido a “Súper Coco”.


Cuando me giré vi la cara de preocupación de Fátima y de pánico de Óliver. Miré sus manos y ninguna de ellas tenía a su peluche favorito.


Confirmado: peluche perdido.


Misión: rescatar a Coco



Como suele ser habitual, Fátima y yo nos organizamos en dos segundos: yo acompañaría a Óliver volviendo sobre nuestros pasos mientras Alma y ella se iban a casa. Dicho y hecho.


Comenzamos a caminar hacia el cine por el camino exacto que acabábamos de recorrer. De mi mano, compungido, iba nuestro pequeño Óliver que comenzaba a sollozar anticipando la imposibilidad de encontrar a su peluche favorito.


- ¿No lo habrás dejado en el cine, cariño? - dije agarrándome a un clavo ardiendo.


- Que no papá, que lo llevaba en la mano cuando salí del cine - replicó.


Quise pensar que estaría en la butaca y que los encargados del cine lo guardarían a la espera de que su dueño volviera a por él. Mucho mejor que la opción de pensar que, caído en medio de la calle, hubiera sobrevivido a la tentación de otro niño de llevárselo a su casa.


En lo más profundo de mi corazón, estaba pensando más en cómo reemplazar a ese peluche que en la posibilidad de encontrarlo “con vida”.


El llanto de Óliver no era exagerado pero sí lleno de dolor. Denotaba ese vínculo especial con un juguete solo tienes cuando eres un niño.


Me pareció tan tierno y al mismo tiempo tan doloroso tener que compartir con él la pérdida de su peluche, que ningún clon comprado en Amazon podría reemplazarlo. Porque no sería el suyo, porque no sería el de ese verano en Port Aventura, cuyo recuerdo estaba corriendo el mismo peligro y suerte que este super héroe de Barrio Sésamo; ese nexo de unión entre mi infancia y la de nuestro hijo.


Madrid era puro bullicio ese sábado noche de un otoño de revancha en 2021. Tras la pandemia, las calles estaban abarrotadas de gente yendo y viniendo. Era imposible que nadie hubiera visto y cogido ese peluche. Estadística pura.


Estábamos esperando a que el semáforo se pusiera en verde cuando… de pronto, vimos un bulto al otro lado de la calle. Junto a un bolardo había algo que la semi oscuridad de la noche no nos permitía distinguir.


Comenzamos a avanzar cruzando el ancho paso de cebra.


- Mira Óliver… ahí hay algo - menos mal que me llevé la gafas.


En ese momento mi hijo cesó su lamento y aceleró el paso tirando de mí. Nuestros corazones comenzaron a latir de forma acelerada… hasta que llegamos al bolardo:


Allí estaba Coco.


Óliver se abrazo a mí y dentro de mi cabeza la emoción estalló. Te juro que escuché música épica en mi cabeza al más puro estilo Gladiator. Violines y trompetas mientras nuestro hijo Óliver se emocionaba abrazado a su querido peluche.


Nadie daba un euro por esto. Ni siquiera yo. Aunque una parte de mí, en la que habita el niño que sigo siendo, quería creer que aquello era posible.


Óliver no articuló palabra. Se abrazó a mí con fuerza y emoción. Me encantaría haber escuchado palabras bonitas de su boca, pero no hizo falta. Da igual lo que se pasara por su cabeza.


Estoy convencido de que nunca olvidará de que en la vida real, también pasan cosas tan emocionantes como las de las mejores películas que tanto le gustan.


Aquella tarde Óliver pudo vivir su propia Toy Story


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